Ícaro

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ÍCARO

“A la vida le falta intensidad”, pensó Ícaro mientras su cuarta cita de la semana seguía hablando de la influencia de Buñuel y Cocteau en el cine de Roman Polanski. Recordaba vagamente haber visto la película del bebé maligno y la de la gente que se queda atrapada en una casa sin ningún motivo aparente, pero ¿quién coño era Cocteau? Probablemente daba igual. Durante la primera media hora se había esforzado por seguir su discurso, pero cuando había comprendido que el monólogo iba a seguir con o sin su participación, se había hundido en la silla y se había limitado a comer los maíces rancios que les había dejado el camarero. Quizás si bebía más rápido, la cita terminaría antes y podría volver a su casa a ver porno, beber ginebra barata y fumarse un cartón entero de tabaco. Había dejado de fumar hacía un par de semanas, pero siempre que tenía una mala cita le daban ganas de dedicarse a actividades destructivas o autoindulgentes. El martes, había estado a punto de tatuarse una lápida en el pecho. El jueves se había comprado seis calippos en el chino de la esquina y se los había comido de una sentada. Su estómago había tardado casi un día entero en volver a ser el mismo.

Al parecer los veintiocho era una buena edad para pasar la crisis de los treinta, y la amenaza de las cenas navideñas no hacía sino acentuar la urgencia de conseguir algún logro tangible con el que paliar ese absurdo vacío existencial que le perseguía últimamente. En tres días todos sus familiares le preguntarían si estaba saliendo con alguien, si había vendido algún cuadro, si había hecho algo de provecho con su vida. Podía imaginar sus caras de decepción, las miradas de soslayo hacia su padre mientras se preguntaban dónde se habrían perdido sus genes. No era fácil ser el hijo de Dédalo, el ingeniero prodigio. Cuando tenía su edad, su padre ya había diseñado tres prisiones de máxima seguridad, había escapado de una de ellas al ser condenado injustamente, había tenido dos hijos con la mujer de su vida y había desarrollado esas estúpidas alas que Ícaro llevaba siempre en la mochila y que nunca se había atrevido a usar.

En el fondo, no era ningún secreto familiar que toda su vida era motivo de vergüenza para su padre. Quizás por eso, también lo había sido para él mismo. Cuando tenía doce años, Dédalo había intentado alimentar en su hijo el interés por la profesión familiar enseñándole a desmontar y volver a arreglar un viejo transistor. Sus manos se habían movido con precisión, separando cada una de las piezas y colocándolas encima de la mesa mientras le explicaba para qué servían y cómo encajaban con los demás elementos. Al ver todas las piezas perfectamente ordenadas, cada una con su función definida e inalterable, Ícaro había empezado a sentir un agobio creciente. Sentía que tocarlas era convertirse en una de ellas. Un engranaje práctico e inocuo, condenado a una vida que no había elegido. Ante la mirada atónita de su padre, había arrojado todas las piezas por los aires de un manotazo y se había encerrado en su cuarto a llorar y a pintar con acuarelas. Ícaro sonrió. Dos décadas más tarde y seguía siendo un yonki del drama y de las metáforas forzadas.

-¿De qué te ríes? -le preguntó su interlocutor con la ceja enarcada, aprovechando para quitarse las gafas de pasta negra y limpiar las lentes con el borde de la camiseta. No conseguía acordarse de su nombre.

-Eh, nada, perdona -Ícaro apartó la vista, ligeramente avergonzado-. No quería interrumpirte.

Mientras su cita retomaba el discurso sobre la influencia de los pintores surrealistas en el cine, Ícaro volvió a observarle en busca de algún resquicio de interés al que aferrarse. Estaba más calvo que en sus fotos, también algo más gordo. Desde el principio había sospechado que era demasiado pedante, pero aún así había acudido a la esquina de la plaza en la que quedaba con todos. Habían ido al mismo bar, había pedido la misma cerveza, y había empezado las mismas conversaciones que con el resto de candidatos fallidos. Siempre con la desgana del que rasca sistemáticamente cupones de lotería a sabiendas de que el premio nunca va a estar detrás. Lo más triste de todo el asunto era que aún así la cita había ido mejor que las otras que había tenido esa semana. El del lunes había aparecido con una camiseta de pokemon y una mochila de Bob Esponja. A pesar de que tenía dos años más que él, al saludarle con dos besos Ícaro había tenido la sensación de que la policía le iba a detener por pederasta. El martes, uno de esos vigoréxicos que vivía en el gimnasio y corría tres maratones a la semana le había insultado por pedirse una hamburguesa y una jarra de cerveza. El del jueves directamente se había comportado como si Ícaro fuera un bicho infecto. Al verle, había torcido la cara con desagrado y se había dado la vuelta sin dar explicaciones. En un primer momento se había sentido insultado, pero una parte de él había envidiado su determinación. Al menos le habría ahorrado citas como la que estaba sufriendo en aquel momento.

¿Cuántas primeras citas mediocres habría acumulado a lo largo de los años? Estaba seguro de que el número tenía tres cifras, pero casi prefería no saberlo con exactitud. Él lo que quería era quemarse los dedos. Perder la razón, tener cosas de las que arrepentirse. Quería una historia como la de su tía Penélope, que seguía esperando a su marido aunque hiciera más de cuatro años que había desaparecido. Los últimos rumores apuntaban que estaba en Cuba en brazos de las bellezas locales, pero ella seguía esperándole, con una convicción a la que Ícaro jamás se había acercado. También estaba el primo Orfeo, que se había enamorado de su mujer desde el primer instante en el que la vio en su concierto de rock. Incluso el imbécil de Paris, su antiguo compañero de instituto, había conseguido tirarse a una supermodelo y los dos parecían vivir en un estado constante de ensoñación. Vale que ella estaba casada y que la venganza de su marido había incluido embestirle en la puerta de su casa con un todoterreno, pero parecía un precio razonable a pagar a cambio de vivir la vida con la intensidad que se merecía.

En fin, quizás todos sus males venían de creerse único cuando sólo era un engranaje más, de pensar que merecía una historia que en realidad no le correspondía. Puede que en el fondo todos los copos de nieve fueran iguales incluso vistos a través de un microscopio, y que enfadarse con el destino no evitase terminar formando parte del mismo charco embarrado. Ícaro sospechaba que algún día tendría que darse por vencido, renunciar al amor y a la trascendencia. Aceptar un trabajo en la empresa de su padre y empezar a contestar a esos tipos de internet que le preguntaban si le gustaba el fisting o la lluvia dorada antes de haberles dicho su nombre. Desde luego era una forma más práctica de conseguir un revolcón. Orgasmos funcionales, sin pretensiones. Sus sábanas verían un poco de acción, y su colección de porno podría descansar por fin.

Un silbido le devolvió a la realidad. Una de las clientes del bar se había dejado la cartera encima de la mesa, y el camarero intentaba llamar su atención para devolvérsela. En las películas, seguro que acababan besándose bajo la lluvia después de una serie de entrañables malentendidos. En la vida real, probablemente ni se reconocieran al cruzarse por la calle una semana más tarde. Suspiró. Ese día el mundo le parecía cargante e incómodo. Decidió poner fin al suplicio, al menos por esa tarde.

-¿Esta cita te está pareciendo tan horrible como a mí? -Ícaro se arrepintió de sus palabras en el mismo momento en el que se formaron. El chico de las gafas de pasta abrió mucho los ojos y se quedó en silencio. Luego sus facciones se transformaron y empezó a reír a carcajadas.

-No sé, supongo que sí -se encogió de hombros, todavía sonriendo, y volvió a quitarse las gafas para limpiarlas.

-Perdona, no sé por qué he dicho eso -sus mejillas habían empezado a enrojecerse-. Supongo que tengo un día un poco raro. Será la decoración navideña. Las luces de colores siempre me han puesto de mal humor.

-La verdad es que ya había notado que no te interesaba lo que te estaba contando, pero de algo tenía que hablar para hacer hora. ¿Cuánto es lo políticamente correcto? ¿Cuarenta y cinco minutos? Por tu cara no creo que hubieses notado mucha diferencia si hubiera dedicado ese tiempo a rezar en voz alta con el rosario de mi abuela. -Ícaro sonrió. Lo peor era que ahora que ya había dinamitado la cita, ni siquiera le caía tan mal.

-Lo siento, es que directamente no tenía que haber venido. Es el problema de ir a demasiadas citas. Al final acabas acudiendo sin ganas, buscando defectos para tachar a otra persona de la lista y poder seguir buscando alguna especie de imagen mental que no llega nunca a materializarse -hizo una pequeña pausa, sacudió la cabeza, y se preparó para levantarse-. En fin, no sé por qué te estoy diciendo todo esto. Perdona otra vez. Creo que será mejor que me vaya.

-Eres un tipo raro, Ícaro. Aunque la verdad es que sería más feliz si te entendiera un poco menos.

Ícaro insistió en pagar la cuenta, en un último intento de no parecer tan despreciable como se sentía. Se despidieron en la puerta del bar con un apretón de manos incómodo y un pequeño guiño mientras se deseaban feliz navidad. Mientras emprendía el camino a casa, se entretuvo mirando los témpanos que colgaban de los balcones cercanos. No recordaba una semana tan fría desde hacía años. En realidad siempre le había parecido irónico que justamente los días en torno al solsticio de invierno fueran aquellos en los que el Sol estaba más cerca de la Tierra. Había algo casi místico en ese sol frío y cercano, rodeado de noches interminables. Mientras descendía las escaleras del metro con cuidado para no resbalarse, se preguntó qué se sentiría al tocarlo, al abrazar algo puro, absoluto, destructor. Quizás algún día, pensó sintiendo en su espalda el peso de la mochila. De momento se conformaría con poner la calefacción al máximo y abrir otra botella de ginebra.

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