Fantasmas

Siempre había pensado que había alguna conexión defectuosa en su cerebro. La tensión le ponía triste. También los enfados. Era como si las carreteras que tenían que llevar a esos estados de ánimo estuvieran cortadas por obras, y los desvíos llevaran inevitablemente a aquellas sensaciones cercanas a la depresión. Sospechaba en qué momento se había agrietado el asfalto, pero era algo en lo que prefería no pensar. Especialmente esa noche. Especialmente en ese lugar.

Estaba tomando unas copas con su hermano en aquella terraza a ras de suelo que seguía siendo incapaz de sentir como suya. ¿Se seguía llamando terraza si no había nada que la separase del jardín, si estaba a la misma altura que el camino que llevaba a la playa? No lo tenía demasiado claro, pero le daba igual. Cuatro velas encendidas, cada una de un tamaño distinto. Los colores tampoco encajaban entre sí, pero sabía que no sería capaz de tirarlas y comprar otras más coherentes hasta que se hubieran agotado por completo. En el cielo, más estrellas de las que estaba acostumbrado a ver en Madrid.

Su hermano suspiró mientras hacía chocar contra el cristal los hielos de su gintonic, ya terminado. Habían hecho las paces, como siempre, pero aquel poso de tristeza seguía ahí. Como la ginebra aguada de su vaso. Reprimió las ganas de arrojarlo hacia el jardín, apenas iluminado por un par de farolas inseguras. En su lugar, lo empujó sobre la superficie de la mesa de plástico hasta dejarlo junto al otro vaso. También de distinto color, distinta altura. Como todo en esa casa. Mientras su hermano se levantaba a preparar otras dos copas, trató de ignorar los ecos de la música en vivo que llegaban desde el restaurante cercano. Grandes clásicos destrozados con ayuda de uno de esos pequeños pianos electrónicos, todo para el disfrute de veraneantes alemanes y holandeses. Joder, incluso eso le ponía triste. También le ponía triste estar pasando el fin de semana junto al mar en lugar de trabajando en la presentación que tenía que dar el martes. Que su hermano hubiera puesto en venta la casa del pueblo sin avisarle, aunque ya fuera hora de hacerlo. Que hubieran comido paella de marisco cuando él lo que quería era una puta pizza congelada. Imaginó decenas de carreteras cortadas, señales luminosas redirigiendo el tráfico hacia aquel pueblo de montaña cuyo único habitante era un niño triste e inmaduro. En fin, cosas de ser siempre el hijo pequeño, el hermano pequeño, incluso cuando ya no tenía edad para ver los conflictos desde la grada, con los ojos húmedos y el pecho tembloroso.

Un gato, negro y blanco, apareció en el pequeño jardín que se extendía más allá de la terraza. Estaba flaco, y se movía despacio, como si no tuviera claro hacia dónde se dirigía. Pensó en espantarlo, pero el esfuerzo le pareció innecesario. Nunca le habían gustado los animales, probablemente porque nunca había tenido uno cuando era niño. El gato se detuvo finalmente delante de la terraza, en la zona en la que la luz de la farola empezaba a convertirse en oscuridad, y se quedó mirando la verja con plantas entretejidas que les separaba del camino que bajaba hasta la playa. Por un momento pensó que iba a saltar, utilizando aquella agilidad que a él siempre se le había negado. En vez de eso, se sentó sobre sus patas traseras, en una posición que no sabía si era de alerta o de tedio. Hace muchos años, Él le había dicho que los gatos eran igual de difíciles de entender que las personas, igual de traicioneros. Ella había respondido que no se podía juzgar a un animal por sus instintos. Se había limpiado el sudor de la frente con el dorso de la mano, y luego había vuelto a encender la aspiradora.

La luz de la farola tembló de nuevo, y el gato se incorporó, con la vista fija en el camino. Al principio, sólo pudo ver unas pequeñas partículas borrosas. Manchas etéreas flotando sin rumbo. Sin embargo, poco a poco aquellas partículas se fueron condensando, revoloteando cada más rápido hasta que la suma de sus sombras desenfocadas formaron una única masa sin forma definida. Por la forma en la que se expandían y volvían a enredarse, se preguntó si no serían dos cuerpos distintos, intentando sin éxito separarse mientras caminaban con pasos lentos hacia el mar. Notó cómo su piel se enfriaba, cómo los latidos de su corazón se volvían arrítmicos, desacompasados. Se giró para buscar a su hermano, pero gesticulaba de espaldas a él, enzarzado en una discusión telefónica, probablemente con su mujer. Cuando volvió a mirar, el camino volvía a estar vacío y el gato había comenzada a alejarse hacia las mismas sombras de las que había salido.

Sin estar demasiado seguro de qué hacía, se levantó con torpeza. Demasiada ginebra en sus venas como para no tropezar con la mesa y volcar una de las velas. Parpadeó para volver a fijar la posición de la realidad, y apagó las llamas antes de emprender el camino hacia la playa. No recordaba dónde había dejado las sandalias, pero el desagradable tacto de las baldosas de cemento no tardó en dar paso a una arena suave y fresca. Caminó hasta el borde del agua. Miró a su alrededor, pero el fantasma había desaparecido. Absorbido por el mar, por la arena, o por una realidad en la que nunca había tenido cabida.

La playa estaba oscura y vacía. Temporada baja, malas comunicaciones. Se preguntó qué estaba haciendo él mismo en aquel lugar abandonado, de la misma manera que se solía preguntar cuándo se había alejado tanto de sí mismo, o al menos, de la idea que tenía de sí mismo. Más respuestas conocidas que prefirió ignorar. La única figura que le acompañaba en la playa era el perfil de algún turista aburrido junto a las rocas en las que se concentraba la zona de cruising. Probablemente demasiado viejo, demasiado gordo, y tan solo como él. Vio cómo se acercaba y se preparó para rechazarlo educadamente, pero para cuando llegó, unos sollozos que no era consciente de estar produciendo hicieron innecesaria cualquier explicación. El desconocido volvió a alejarse, y él se sentó finalmente a llorar, dejando que las lágrimas emborronasen la luz de todas aquellas constelaciones altivas e innecesarias.

Vaya mierda, pensó unos minutos después con la respiración más calmada. Tres décadas más tarde, y seguía siendo el mismo niño imbécil que se escondía de las reprimendas en el hueco entre el radiador y el sofá, el único espacio al que nunca llegaba la aspiradora. Al menos las pelusas no podían juzgarle por llorar más de lo debido. Recordando aquellas lágrimas de impotencia, se preguntó si entonces no tenían otro sabor. Puede que esta vez sólo fuera aquel apartamento. Que las carreteras estuvieran ya arregladas, y que lo único que pasaba era que sencillamente estaba más triste de lo que quería reconocer. Sacudió la cabeza. Demasiado psicoanálisis barato para una noche. Con un suspiro, hundió las manos en la arena para incorporarse, y caminó de vuelta a la terraza.

En la frontera entre la playa y el camino de cemento, le esperaba su hermano, apoyado contra la verja con los brazos cruzados. La luz de la farola cubría su cara de sombras, pero aún así, adivinó una mirada de preocupación a la que estaba demasiado acostumbrado. Se detuvo a su lado, en silencio, y trató de sonreír.

-¿Vas a estar bien? -le preguntó en voz baja, apoyando la mano sobre su hombro.

-No sé -contestó, sin saber muy bien si reírse o volver a romper a llorar-, creo que sí.

Su hermano asintió, sin preguntar nada más, y los dos emprendieron el camino hacia el apartamento. Se giró una última vez hacia el mar, con la esperanza de observar de nuevo aquella presencia sin forma, pero ya era capaz de distinguir si el desenfoque estaba en su mirada o en el mundo. Tampoco conseguía separar las luces de las sombras que provocaban. Sacudió la cabeza y siguió caminando. Quizás todavía había tiempo para otra copa antes de irse a dormir.

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