Doce minutos

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 24 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter: sexo, adoquín, lucero, transpirar, jedi, seísmo, silla, corbata, pupilas, endemoniado, lucha, cambur, pitorro, miscelánea, paraguas, reflexión, tendón, endémico, incertidumbre, farmacia, hecatombe, cima, poesía e ilusión.

DOCE MINUTOS
Sentado junto a la cristalera de la cafetería, pude ver perfectamente a Fran desde el momento en el que dobló la esquina. La lluvia se había suavizado, pero el agua había ocupado los huecos irregulares entre los adoquines, y sus pasos inseguros parecían llevarle sin remedio a los charcos más profundos. Llevaba un abrigo oscuro, sin capucha, y sujetaba un paraguas cerrado en la mano derecha. “Genial”, confieso que pensé, “seguro que no lo abre para luego poder quejarse más de la tormenta”.A Fran lo conocía desde hacía casi una década, cuando todavía no estaba tan calvo ni, sobretodo, tan amargado. En aquellos tiempos él estudiaba Farmacia en Zaragoza, mientras que yo todavía pensaba que analizar seísmos y rocas volcánicas podría tener algún tipo de salida laboral. Pasábamos los días en el colegio mayor peleando contra samurais pixelados, y las noches viendo maratones de la guerra de las galaxias y el señor de los anillos. Ahora me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero la cima de nuestra vida social llegaba todos los años con la convención de comics, sus talleres de poesía élfica y sus concursos de ondas vitales. Yo iba siempre disfrazado de Jedi que se había pasado al lado oscuro, él de caballero del zodiaco con un traje hecho de cartón. Parecía imposible que ninguno de los dos fuera a perder la virginidad en aquellas condiciones, pero para eso estaban las guerreras élfcas, las alienígenas en bikini, las imitadoras rellenitas de Sailor Moon. Pese a todos los prejuicios, era sorprendente la cantidad de veces que aquella miscelánea de frikismos terminaba en sexo desenfrenado.

No sé, habían sido tiempos felices, y me resulta casi imposible recordar al Fran de aquellos años triste o cabreado. Por mucho que lo intentaba, no podía entender cómo esa persona podía ser la misma que ahora se pasaba el día quejándose de la economía, los asientos del cine, la incertidumbre laboral, el pesado de su padre, la zorra de su ex. En su boca, incluso que un camarero le devolviera dos monedas de cinco céntimos parecía una hecatombe. Era cierto que con tanta charla sobre crisis y desencanto, el pesimismo empezaba a parecer algo endémico de toda nuestra generación, pero a Fran directamente parecía que le habían extirpado la ilusión de vivir con la precisión de un cirujano. Quizás por eso mismo, me sorprendió tanto verle sonreír cuando entró en la cafetería. Tenía el pelo totalmente mojado, pero no parecía molestarle. Tras saludarme con un abrazo, dejó el paraguas en el suelo y colgó el abrigo sobre el respaldo de la silla. Llevaba una camisa blanca perfectamente planchada y una corbata delgada de color negro, como las que se ponía años atrás para salir de fiesta. Teniendo en cuenta que me había acostumbrado a verle con camisetas arrugadas con publicidad de cervezas, no pude disimular una mueca de sorpresa.

-¿Y esto a qué viene? -pregunté intrigado-. No me digas que tienes una cita después.
-Qué va… créeme que si tuviera una cita lo habría anunciado con carteles luminosos. Simplemente me apetecía arreglarme. Nunca se sabe cuándo puedes conocer a alguien interesante, así que hay que estar preparado.
-¿Qué tipo de droga te has tomado exactamente? -Aquel tipo de reflexiones eran tan impropias de él como lo habría sido acudir vestido de bailaora de flamenco. Estaba claro que le había ocurrido algo, y por su sonrisa, intuí que estaba deseando contármelo.

-Verás, es que ayer en el metro me pasó una cosa muy extraña. Había estado tomando unas cervezas con un par de compañeros del curro, y para variar, me había dedicado a contarles lo asquerosa que es mi vida. Que si me molesta el tendón, que si el metro cada vez está más caro, que si el pitorro de la cafetera se ha estropeado y me ha jodido la mañana… En fin, lo de siempre. La cuestión es que con tanta queja y tanta cerveza, se nos hizo tarde, y cuando llegué al andén del metro, el letrero ponía que faltaban doce minutazos para que llegara el mío. Resulta que doce minutos dan para mucho, y fue entonces, mientras esperaba, cuando tuve la revelación -justo en aquel punto, Fran interrumpió su historia y se quedó mirando la carta de postres con cara de concentración-. ¿Torta de cambur? ¿Qué será un cambur?-¿A mí qué me cuentas? -contesté frunciendo el ceño. Tenía claro que sólo lo decía para hacerse el interesante, pero le dejé salirse con la suya. Todavía no sabía qué había pasado, pero hacía meses que no le veía tan alegre-. Supongo que será algún tipo de fruto seco o algo así. Además, tú eres el que has querido venir a un sitio venezolano. Pide algo normal y sigue con lo de tu revelación.

-Vale, vale. Para una vez que intento probar cosas nuevas… -Fran llamó a la camarera con un gesto, y tras pedir un café con leche y una torta de cambur, continuó con su relato-. Bueno, total, que allí estaba yo, completamente solo en el andén, cuando apareció un tío gordo con una pinta muy chunga. Chupa de cuero de rockero desfasado, barba sin arreglar, pañuelo en la frente… vamos, que claramente el tío había visto demasiadas películas de moteros americanos. Tenía unos brazos enormes, y tantísimas lorzas que hasta asomaban por debajo de la camiseta. Iba mascullando algo que no terminaba de entender, y las pupilas se le veían super dilatadas. Como si fuera totalmente colocado, aunque yo sospechaba que la locura le venía de serie.

>>El tío parecía que tenía bastante con su monólogo, y no me dijo nada a mí directamente, pero aún así empecé a sentirme incómodo. No había nadie más en toda la estación, y el tío cada vez hablaba más alto. Incluso escupió en el suelo un par de veces. Al final, yo estaba tan tenso que empecé a darle vueltas a la posibilidad de que aquel tipo se enajenara y viniera a buscar pelea, o incluso que me empujara a las vías del metro. Sabía que era una tontería, y que lo más seguro es que no fuera a pasarme nada, pero aún así me emparanoié bastante. Podía notar cómo todo mi cuerpo empezaba a transpirar, y me empezaron a salir surcos de sudor en la camiseta. Ya sólo quedaban dos minutos para que llegara el metro, pero yo ya me veía convertido en un amasijo de carne entre las vías. -Fran hizo entonces una pausa dramática, obligándome a intervenir.

-¿Y qué pasó?

-Pues él sacó un lucero del alba manchado de sangre, ya sabes una maza de esas gigantes con pinchos por todas partes, yo desenvainé mi katana, y empezamos una lucha mortal en la que se decidía el destino de la humanidad.

-Muy gracioso -contesté lanzándole una servilleta arrugada que falló su objetivo y acabó junto a una mesa cercana-. Te lo estaba preguntando en serio.

-¿Pues qué va a pasar? Nada. El metro llegó, cada uno se montó en un vagón distinto, y ya no le volví a ver. Pero la cuestión es que mientras pensaba en la posibilidad de que aquel capullo me empujara al metro, fue cuando me di cuenta. Pensé en todo lo que os he rallado últimamente con lo de Elena, con que mi vida está atascada, y con todas esas mierdas. Se me ocurrió que si aquel tío realmente se volvía loco y me empujaba, todos pensaríais que me había decidido suicidarme, y la policía nunca atraparía a ese puto gordo endemoniado.

Me quedé un rato en silencio, sin saber muy bien qué decirle. Fran hablaba en tono de broma, pero estaba claro que esos pensamientos realmente le habían afectado. Puede que fuera descabellado creer que un desconocido pudiera asesinarle, pero lo de barajar el suicidio como posible explicación a su muerte no lo era tanto. La transformación había sido tan gradual, que me había acostumbrado a sus quejas constantes, había aceptado aquella ligera depresión constante como un estado natural. Nunca había llegado a plantearme que pudiera tener consecuencias más graves, pero ahora que lo había puesto en palabras, empezaba a sentir un cierto vértigo.

-¿Y entonces? -pregunté finalmente-. ¿Qué vas a hacer?

-No sé. Hacerte más caso. Vestir mejor. Comer más tartas. Hablar de unicornios y de arcoiris felices en lugar de quejarme. Qué sé yo. Esa parte del plan todavía no la tengo del todo clara.

En aquel momento, algo en sus palabras me hizo recordarle con su disfraz de cartón pintado a mano. Sirviéndose un cubata de vodka barato, pidiéndome condones y contándome entre risas que a la chica de las orejas de gato también le gustaba maullar mientras follaban. La imagen duró tan sólo un instante, pero fue suficiente para hacer que me sintiera extrañamente feliz. Estuve a punto de hacer algún comentario emotivo, pero sabía que para Fran la conversación era más dura de lo que quería dar a entender, y no quería ponerle en evidencia. En lugar de eso, volví a pensar en el gordo del metro, afectando a la vida de un desconocido mientras pensaba en sus cosas y escupía en el suelo.

-¿Sabes, Fran? -dije entre risas-. Creo que es la peor historia de autosuperación que he oído en mi puta vida.

-Probablemente -contestó uniéndose a mis carcajadas-. Probablemente.

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