Caín

Supongo que sí que hay cosas que te hacen más triste y más feliz al mismo tiempo. Más sabio y más imbécil, y todas esas tonterías de las que hablan las canciones pop que siempre he despreciado. Eso lo sabía yo tan bien como Caín, aunque él hubiera tenido que matar a su hermano para darse cuenta de lo que había perdido. Un momento de furia, seguido de una eternidad vagando por la tierra sin rumbo, observando a miles de generaciones dándose cabezazos contra las mismas paredes. Dicen que los caminos del señor son inescrutables, pero aún así me cuesta pensar que haya un plan divino que incluya al primer hombre nacido fuera del Edén viviendo en mi apartamento frío y mal iluminado.

Mirándolo por el lado positivo, a Caín tampoco le gustaban Britney Spears, las noticias de deportes, ni los programas de tele-realidad. Apenas usaba las sartenes, y siempre que me gastaba el zumo se encargaba de comprar uno nuevo. Al principio me extrañó que fuera siempre desnudo por casa, y que pasara tanto tiempo masturbándose en el baño, pero no tardé en acostumbrarme. Probablemente bebiera demasiado, y cuando le ganaba al Mario Kart arrojaba el mando contra la pared, o le pegaba patadas al sofá, pero incluso tras esos momentos de ira, su rostro no tardaba en volver a suavizarse. Después de unos segundos de insultos y maldiciones, apoyaba su mano sobre la entrepierna, como hacía siempre que se ponía pensativo, suspiraba, y me traía otra cerveza de la cocina.

-Soy Caín. El del principio de los tiempos. Adán y Eva, y todo eso rollo. -eso lo había dicho el primer día, después de aparecer desnudo en el umbral de mi puerta. Un interruptor en una parte de mi cerebro que no sabía que existía se había encendido y yo había comprendido sin lugar a dudas que decía la verdad. Quizás fuera la misma parte del cerebro que te permite ser optimista cuando no tienes ningún motivo para serlo, y también hacer daño a quien quieres-. He visto que tenías colgado en el balcón un póster de Casablanca, y me ha parecido que sería un buen sitio para pasar los próximos años.

Desde ese día, Caín empezó a dormir en mi salón y jugar a mi Guitar Hero. No traté de entenderlo. Al fin y al cabo hay cosas que simplemente son como son. Una vez incluso nos acostamos juntos, pero fue demasiado extraño. Él me miraba con el ceño fruncido, mientras intentaba montarse en una erección inestable. Yo traté de ordenar a mi sangre que se reuniera en mi polla, pero supongo que mis células estaban demasiado ocupadas alimentado de oxígeno recuerdos indebidos. Al final, Caín apartó la mirada y se corrió en las sábanas. Probablemente hacerlo encima de mí habría sido demasiado íntimo. Nunca volvimos a hablar de aquel experimento. Las cervezas y los videojuegos parecían mucho más adecuadas.

-A él le habría gustado este juego –decía a veces cuando la consola mostraba imágenes de animales felices de contornos redondeados y colores brillantes. Nunca pronunciaba el nombre de Abel, aunque yo no tenía problemas en entender por qué. Yo tampoco le había hablado nunca de Él, aunque su fotografía siguiera en un marco del salón, mirando hacia la pared-. Cada uno teníamos nuestra función. Yo tenía que encargarme del puto huerto. Plantar patatas, regar las lechugas, toda esa mierda. Mientras tanto él se pasaba el día tirado en la pradera viendo pastar a las vacas. Echándose siestas eternas y haciendo esculturas con arcilla. Por supuesto, aún así él era el favorito de Dios. A nadie le importaba que yo me pasara el día removiendo tierra con cagadas de cerdos. En fin, hay que reconocer que sus figurillas no estaban del todo mal.

A veces tenía la sensación de estar siempre en una conversación repetida, aunque por alguna razón no terminaba de cansarme. Era algo que no me pasaba desde que jugaba a gastar cajas de condones con el chico sin nombre. En aquellos días siempre discutíamos sobre los mismos grupos de música mientras recogíamos fuerzas para el siguiente asalto, quizás conscientes de que algún día utilizaríamos esas mismas energías para rompernos los huesos en pedazos cada vez pequeños.

-¿Qué pasa con la evolución? ¿Con Darwin y con los fósiles de dinosaurios? ¿No deberías al menos parecerte un poco más a un mono? –su pelo rubio y sus ojos verdes siempre me habían parecido fuera de lugar. Lo mismo que su cuerpo de eterno veinteañero, indiferente ante el paso de los siglos.

-Alguien dijo alguna vez, que nunca debes dejar que la realidad se interponga en el camino de una buena historia. Además, uno sólo es la persona que recuerda ser. Y yo prefiero recordarme así, aunque sea mentira.

Creo que se consideraba a sí mismo un filósofo. Probablemente sea difícil ser eterno y no dedicar unos cuantos lustros a reflexionar sobre cada pequeño tema. Aún así, nunca me pareció demasiado sabio. O al menos no de esa forma absoluta de los señores con barba delante de los cuales tienes que sentarte callado a escuchar. La sabiduría de Caín era más confusa y tambaleante. Nunca supe si más auténtica.

-La gente piensa que si consigues hacer todo bien, tu vida tiene sentido y vas al cielo. Un buen trabajo, dos hijos de anuncio de chocolatinas, quizás algún poema lleno de tópicos para no olvidar que tienen una parte creativa –dijo un día después de masturbarse aparatosamente en el baño. Todavía sujetaba la toalla en la que se había limpiado los restos de semen-. De lo que no se dan cuenta es de que el cielo da igual. De que la felicidad sólo tiene sentido si es finita e imperfecta. Si puedes mandarla a la mierda, reconciliarte con ella, recordarla cuando tu mundo es otro. En realidad el cielo es simplemente un vacío absoluto adornado con arcoiris y nubes de purpurina. Y sin porno ni ginebra. A efectos prácticos es como dejar de existir.

A pesar de sus discursos, la presencia de Caín era en cierta manera reconfortante. Quizás porque había derrotado al tiempo. O porque a pesar de sus remordimientos había sido capaz de desafiar a un dios que desde el principio le había dado cartas marcadas y reglas trucadas, y que ahora parecía haberse olvidado ya de él. Por otra parte me ponía un poco triste pensar que yo no iba a correr la misma suerte. Que mi cuerpo desaparecería, y que mi historia, mis pánicos infantiles y mis recuerdos del chico con el tatuaje en el corazón, se perderían en un abismo de intrascendencia. Aunque, ¿quién sabía?. Quizás a Caín le acabara pasando lo mismo. Puede que algún día Dios le recordara y le hiciera desaparecer, o que se aburriera del universo en su conjunto y lo destruyera para crear algo nuevo.

Aunque solíamos pasar casi todas las noches charlando en el sofá, tardé casi dos años en hacerle la pregunta que me había estado rondando por la cabeza desde el día en que le conocí. Después de horas enfrentándonos en el último videojuego de lucha al que nos habíamos vuelto adictos, los cojines se habían llenado de restos de palomitas y de latas de cerveza vacías. Caín solía ganar la mayoría de las veces, pero en aquella ocasión su personaje estaba decapitado en el suelo, y él ni siquiera se había indignado con la derrota. Había dejado caer el mando sobre el sofá, y después había apoyado la mano izquierda sobre su entrepierna. Tenía la vista fija en el suelo.

-¿Por qué lo hiciste? –me atreví finalmente a preguntar.

-¿A qué te refieres?

-A tu hermano.

-Joder, qué preguntas. No sé, fue hace mucho tiempo. Durante siglos me dije a mí mismo que simplemente no sabía lo que era el bien y el mal. Ahora tenéis televisiones, y colegios, y periódicos. Y un montón de gente alrededor tomando decisiones estúpidas, y cagándola constantemente. Antes no era así. No había referentes, sólo reglas arbitrarias y amenazas ambiguas. Por mucho que te hablen del dolor y la muerte, no puedes saber lo que son realmente hasta que has experimentado sus consecuencias.

>>Pero bueno, no lo sé. He pensado tantas veces sobre eso mismo que ya mezclo lo que pasó con las explicaciones que me descargan de culpa, y con las versiones que he creado para torturarme más todavía. Ya es imposible saberlo a ciencia cierta. A veces pienso que simplemente en toda historia hace falta un bueno y un malo. Está bien que el bueno fuera él.

Tenía los ojos húmedos. Al menos todo lo húmedos que podían estar dos ojos que ya lo habían visto todo. Creo que en aquel momento le entendí, al menos todo lo bien que podía entenderme a mí mismo. Asentí y pulsé el botón para continuar con el siguiente combate. La música de la consola volvió a sonar, pero el ninja y la chica tetona del látigo se quedaron inmóviles, mirándose mientras el contador de tiempo avanzaba lentamente.

-Además, si él era el Bien, con mayúscula, por lógica tiene que haberme perdonado, ¿no? –Caín hablaba en voz cada vez más baja. Yo sólo esperaba que tuviera razón, aunque fuera de forma egoísta. No había vuelto a verle después de aquella última mirada rota, y a pesar de que en mi recuerdo Él también se mereciera la mayúscula, al menos más que algún dios arbitrario, dudaba que el perdón estuviera en el rango de sus emociones. Las palabras de Caín, de nuevo firmes y socarronas me devolvieron a la realidad–. Por no hablar de que objetivamente yo estaba mucho más buenorro que él, claro. Puestos a poblar la tierra, mejor utilizar mis genes. Imagínate un planeta entero lleno de tipos bajitos y feos, con las orejas demasiado grandes y las cejas torcidas.

>>Y sin ningún pecado con el que torturarse, por supuesto. Piénsalo. No habrían existido Francis Bacon ni el porno de monjas lesbianas. Los cantautores nórdicos deprimentes que te empeñas en ponerme en bucle, el fisting, ni las borracheras autodestructivas. Podrán decir lo que quieran de Dios, pero en el fondo le gustan estas cosas. Son lo único que le dan sentido al universo.

-¿El porno de monjas le da sentido al universo? –pregunté aguantando la risa. Caín me miró muy serio y asintió.

-Sí, sobre todo si tienen las tetas operadas.

Tras sacudir la cabeza sonriendo, bebí un último trago de cerveza, y le di las buenas noches. El alcohol había vuelto el mundo más cálido y curvo. Aire denso, colores apagados. Avancé tambaleante hasta la cama, y me dejé caer sin molestarme en quitarme la ropa. Sobre las sábanas me esperaban los recuerdos de las vidas que no había elegido, el sabor del sudor futuro, esa confusión brillante parecida a una certeza.

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